martes, julio 11, 2006


Me asusto cuando veo desfilar delante de mis propios ojos una legión de soldadores de cuerpos buscando nuevos clientes.
Antes de proseguir tendremos que digerir todo lo que consumimos en las puertas del Palacio. Toneladas de residuos excedentes de producción que vuelven a nosotros en concepto de pago de intereses.
Ahora que veo cerca el final de nuestra nueva oportunidad me permito rescatar de tu conciencia aquellos sonidos que nos hicieron ser una sola voz. Retomaremos su timbre y cantaremos esa canción que tan mal entonábamos.

jueves, julio 06, 2006


Intento levantarme del suelo donde caí por error, pero no consigo adivinar cual es la orientación adecuada para las piernas.
Un cansancio desorbitado hunde mi cuerpo en el suelo. Sopor estival y espacio para que la mente se relaje trayendo hacia la primera capa todo aquello que lubrica el engranaje.
Recuerdo entonces los momentos que pasé con mi hijo cerca del mar. Un silencio mortecino y la sensación inigualable de su pelo cerca de mis labios. Besos para sus frágiles cabellos. Pensar en el olor de su piel y el calor de sus manos agudiza mi sentimiento de padre y me obliga a creer que la vida establece puntos de control en el camino y que yo estoy en uno de ellos. El responsable de este control es él. Pequeño episodio decisivo en cualquiera de mis acciones desde el momento en que vio la luz.
Oír sus pasos descalzos provoca que mi cerebro de la orden a todas aquellas sustancias liberadoras de a.m.o.r., para que entren en acción. Caigo en un letargo placentero. Una anestesia aplastante que anula mi voluntad y que sólo venzo pasados unos minutos con el convencimiento de que todo esto es una trampa de la naturaleza para que sigamos procreando y el mundo disponga de una fuente inagotable de consumidores.

Una vez terminada la tormenta de celofán se me vienen a la cabeza imágenes crueles de difícil comprensión y reproducción en pocas líneas. El esplendor y la decrepitud son las dos páginas de una misma hoja. Un libro a rellenar que hasta hace poco sólo era una libreta de hojas blancas y que ahora cuido en todos los detalles cuando me dispongo a rellenarlo.

Lo cierto es que todo es cuestión de tiempo y tiempo es precisamente lo que necesito. El mal uso del mismo en acciones propias de un imbécil reduce drásticamente mi capacidad para adentrarme en el esceario. Mis ojos son controlados por Windows xp y me temo que mi corazón también.

No es una queja. Es una realidad ineludible. No se salir de ella y entiendo que los mecanismos están a mi alcance. Seguiremos en el empeño. Mientras tanto disfrutemos de nuestra incertidumbre.

viernes, junio 30, 2006


Tengo una herida en la mano que atiende muy bien a mis sugerencias.
Le conté que un meteorito me fulminó el sistema nervioso hace 5 años. La herida a su vez con actitud paciente atiende sin inmutare a los contenidos de mi discurso.
El meteorito que me fulminó se quedó a vivir en casa.
Juntos pudimos comprender que cada uno de nosotros formamos un conjunto indivisible de virtudes y defectos.
El sentido del humor que demuestra mi meteoro es digno de alabanza. Yo soy un tipo irascible y absurdo que encuentra el verdadero significado de la existencia en las pelusas de hilo que se esconden en los rincones. Él sin embargo derrocha templanza en cada una de sus acciones.
En los últimos tiempos nos dedicamos a procrear. De este sano ejercicio han aparecido por casa dos nuevos miembros de la unidad familiar. Frentepartida desafía la ley de la gravedad desarrollando nuevas formas de autolesión a gran altura. Babyhi-gota establece sus puntos de anclaje en los barrotes de su centro de descanso. Es ahí donde trama cual será su futuro y donde disfruta de su recién nacido esplendor.
El motivo de este fraseo consentido no es otro que rendir un pequeño homenaje a mi meteoro que hoy día 30 cumple 38 años de vida. Una vida libre, sincera, real y cargada de brillo en los ojos por disfrutar de las cosas sencillas que son al fin y al cabo las que conforman nuestra manera de ser.
Por eso, por los dos pequeños cometas y por su capacidad para domesticar fieras , quiero felicitarle hoy en el día de su aniversario.

lunes, junio 26, 2006


La sección de conservas es un hervidero de cadáveres marinos en perfecto estado de conservación. Todos esperan el momento en el que el Templo abra sus puertas. Manadas de compradores abarrotan las entradas. Algunos pegan sus narices a la puerta dejando la marca de su ansiedad en las cristaleras recién acicaladas para la ocasión.
El Templo abre de 10 de la mañana a 10 de la noche. Un horario suficiente para que la mayor parte de los miembros de la manada hagan acopio de provisiones, aviven sus expectativas de compras futuras, engullan en el comedero e incluso visualicen alguna imagen en movimiento en los cines de las instalaciones que les hagan recordar que existen otros mundos fuera de ese sin que suene a reclamo electoral.

Una vez abierta la veda la manada comienza a poblar las calles lanzando el ojo sobre todo aquello que sacie sus deseos.
Los objetos más codiciados son aquellos que han sido expuestos en la caja de luz. Estos son devorados en cuestión de segundos. El palet que los contiene sufre una muerte rápida e indolora. Millones de manos como plagas de mosquitos africanos punzan el conjunto hasta agotar las existencias.
El sonido que acompaña estas salvajes escenas de supervivencia consumista es el de una banda sonora irrelevante teñida de notas inodoras e insípidas. Este sonido en la lejanía es, según algunos expertos, el perfecto para un óptimo rendimiento de las instalaciones.
El ruido de las cajas registradoras abruma. A medida que te acercas al final del recorrido el sonido del dinero te avisa de que pronto tendrás que pagar un tributo por todas aquellas horas maravillosas de armonía familiar y momorables momentos de ocio.
El punto final lo marca una presión insoportable sobre las caderas que te empuja a descargar todo aquello que te tengas en los bolsillos. Esto es el dinero. Nadie sale del Templo como entró. El poder hipnótico de este ente y sus maquiavélicas estrategias de venta provocan que la manada sea declarada muerta justo después de abandonar sus puertas. Puertas que darán paso a nuevas hordas devoradoras.
Es justo en este momento cuando millones de objetos cambian de propietario.
Así una vez tras otra. Un mecanismo perfecto que encuentra en nuestras necesidades más primarias y frustraciones el caldo de cultivo ideal para que nunca le falte el alimento.

martes, junio 13, 2006



La sala de espera de urgencias en un hospital es uno de esos pocos lugares en los que los humanos nos mostramos en toda nuestra dimensión, dejando a un lado la posición que ocupamos en esta pirámide de jabón y encomendándonos a la fe en el otro de una manera abiertamente desesperada.

Un matrimonio de 60 años frota sus manos con gesto de ternura compasiva. Buscan sus miradas ofreciéndose el uno al otro en cuerpo y alma, recogiendo en un sólo instante toda una vida de convivencia. Ella aun no lo sabe pero le queda un tortuoso camino de recuperación. Un infarto cerebral acaba de darle la oportunidad de amar más profundamente. Desde este momento su marido va a convertirse en centro motor de su actividad. Él será quien recicle esos años anteriores y los convierta en energía motriz. Su función será primordial. De esta forma, discretamente y sin que el mundo deje a un lado sus desavenencias y conflictos sin sentido, una pareja de 60, va a ofrecernos al resto una demostración gratuita de amor total.
Podemos atenderles o seguir inmersos en nuestras carreras profesionales, fondos de interés e inversiones a corto plazo. La elección está en nuestras manos.
A ella su mano derecha no le funciona. Mantiene su fuerza pero no su tacto. Tendrá que recurrir a su memoria afectiva para rememorar aquel instante en el que acercándose a la cara de su marido y después de acariciarle el pelo su corazón sintiera como si el resto del mundo fuera en sentido contrario.

Todo este proceso sucede paralelo a la enfermedad. Un deterioro físico va acompañado de una depuración afectiva. Ya no existen pretextos ni prejuicios. Ahora nos enfrentamos con la muerte que es la única que puede juzgarnos bajo el mismo rasero. Nuestra única respuesta debe ser el amor. Morir amando es la manera de demostrar que todo lo que ha pasado hasta ahora tiene sentido.

Yo personalmente estoy convencido de que lo tiene.

domingo, junio 04, 2006


La escena estaba extraída de un videojuego de arcade de los años 80. En ella el valiente personaje de píxeles consigue después de superar infinidad de dificultades salvar a la chica de las fauces del tirano. Ahí termina el juego y debes comenzar de nuevo desde el principio.

Una y otra vez recorro la habitación a oscuras buscando el final de la partida. Circulo a diferentes velocidades. Los diez metros cuadrados del habitáculo se multiplican por mil en mis paseos nocturnos. La oscuridad me ayuda a imaginar que lo que hay bajo mis pies no es terrazo barato sino el plano que muestra el final del túnel en el que me veo preso.

Abro un ojo y encuentro una pequeña luz situada justo encima de lo que creo debe de ser la puerta. Me acerco guiado por la claridad y tropiezo con algo. Caigo al suelo e intento levantarme. Cuando vuelvo a estar erguido el tiempo se detiene y comienzo a experimentar la sensación de encontrarme inmerso en un eterno bucle que me hace repetir una y otra vez el momento de la caída.

Soy consciente de que una fuerza superior a mí está controlando mis actos. Al ser consciente de ello me doy cuenta de que esa interferencia no afecta a mi consciencia.
Intento pensar en cualquier otra cosa que me evada de la pesadilla. Es entonces cuando me acuerdo de ese personaje del videojuego al que jugué una y otra vez en mi adolescencia. No entiendo porque me viene a la mente justo en ese instante en el que lo último que querría hacer sería jugar.

Pequeñas corrientes controlan mi cuerpo y sigo cayendo y levantándome una y otra vez.
Me encuentro exhausto y confundido. Creo que no resistiré mucho tiempo.

-Lo siento señor ese juego hace mucho que se agotó en el mercado-.
-No, nunca se volvió a editar a pesar de su éxito. Puede que lo encuentre en Internet o en cualquier mercado de segunda mano-.
-De nada señor. Buena suerte-.

jueves, junio 01, 2006


Antes de que la malasombra maneje mis hilos quiero hacer una pequeña pausa para tomar impulso.
En esa pausa quiero que estén todos los que un día conocí y aquellos a los que me hubiera gustado conocer.
No se si alguno fallará a mi invitación. No quiero que nadie se sienta obligado a hacerlo. No quiero malentendidos en mi gran día.

Cuando comience a respirar para llenar los pulmones me gustaría que todos mis invitados me ayudasen. Podríamos realizar un solo impulso y así aspirar toda la fuerza verdadera de cientos de corazones latiendo en una única dirección.

Tengo poco tiempo. No lo puedo negar. Pero puedo llegar a dilatar un segundo hasta límites insospechados. Einstein tenía razón y aquello que ahora me parece insignificante hace un segundo pudo llegar a ser eterno.

El señor Caracol abrirá el banquete. Dejará aun lado sus bricks de vino tinto de batalla y brindará con el mejor reserva por la buena ventura.

La máquina en la que he vivido durante este tiempo me parece ahora un juguete. Su mecanismo oriental no me ofrece las suficientes garantías para seguir habitando en ella. Es por eso que he decidido cambiar el sentido de mis pensamientos. Un cambio a tiempo puede traer la tranquilidad necesaria para disfrutar del color de las cortinas del salón.

Ahora me voy. Dentro de poco el olor de la cocina nublará estas reflexiones y nuestro instinto animal se antepondrá a las ideas. Contra eso no puedo luchar.
Disfrutemos del evento.

miércoles, mayo 31, 2006


Terminas acostumbrándote a pasear de la mano de tu perro con un puño incrustado en la boca.
Al principio cuesta hacerte con la sensación un tanto caníbal del sabor a piel que desprende el miembro. No tardas en habituarte y enseguida te das cuenta que causas una extravagante espectación por donde quiera que circulas.
La raíz que guardo en el bolsillo segrega una savia que absorbe la epidermis de mi pierna izquierda. Es por eso por lo que notaba un hormigueo extraño. Cuando miré hacia abajo pude comprobar que la extremidad se había transformado en un señor pequeño que controlaba un muñeco teledirigido a imagen y semejanza de si mismo. El individuo no paraba de insultar a su clon. Yo sin mediar en aquella trifulca salté hacia otra situación que me resultara más familiar pero no hallé ninguna por aquel entorno.
Este hecho me hizo sentir realmente abatido y no tuve más remedio que ladrar a mi perro para que detuviésemos el paseo. A él no le hizo ninguna gracia pero consintió la parada por el afecto que me guardaba.
Desde ese momento supe que el puño que me impedía pronunciar la “f” con absoluta corrección me acompañaría el resto de mi existencia. Tuve algunos segundos para asimilarlo. En cuanto lo hice, comencé a retirar impulsos nerviosos del frente y a plantearme una vida placentera sujeta a las fluctuaciones del mercado bursátil.

lunes, mayo 22, 2006



Earvin Johnson era jugador de baloncesto profesional.
Dos metros once centímetros de persona. Era un tipo extremadamente fuerte. Físicamente.
Esta complexión atlética y su nombre (recordemos al gran Earvin Magic Johnson, polifacético jugador de los Ángeles Lakers) parecían condenarle a la práctica del baloncesto. Sin embargo a él nunca le interesó realmente este deporte. Su llegada al mundo profesional fue debida a una cadena de consecuencias basadas en su potencial físico.
Earvin era uno de esos tipos que se dejan llevar por el viento que más fuerte sople.
Ya con 32 años y después de varios intentos poco afortunados en la liga profesional americana, Earvin recaló en la liga española y se asentó en Bilbao donde fue adoptado desde un principio como la gran esperanza de un club condenado al descenso de categoría. Esta presión sobre un hombre frágil hará que los hechos se precipiten de manera irremediable en cuestión de meses.

Earvin estaba casado y tenía dos hijos, Joe y Andrea. Su mujer, Dora, era el motor de su vida. Parecía como si el centro de operaciones de Earvin no se encontrase en su propia persona y estuviera en la de Dora. Él actuaba como un auténtico ser teledirigido. Fue ella quien dándose cuenta que a su marido le quedaban pocos años de baloncesto le aconsejó que buscase el pan fuera de su país ya que allí no había conseguido triunfar. Su futuro aun era incierto y decidieron aceptar una oferta que un equipo español hizo a su representante.
continuará

Baratijas a precio de saldo.
Sandalias de goma último modelo.
Pan precocinado.
Camarones en cartuchos de papel de estraza.
Revistas de crucigramas en paquetes de 3.
Balones de goma que podían actuar de baliza por sus extraordinarias dimensiones.
Toallas con un amplio surtido de estampados que relatan las preferencias iconográficas del público en el último año; estrellas del fútbol, marcas comerciales de refrescos y paisajes caribeños.
Relajación en las formas. Camisetas una talla más pequeña que no sólo insinúan sino que muestras a voces unas formas interiores conseguidas a lo largo del corto invierno sureño a base de buenos guisos y pastelitos después de las comidas.
Mujeres que hasta hace un rato sujetaban su camiseta cuando se agachaban para no mostrar el sujetador y que ahora no dudan en pasearse en minibikini por todo el ancho y largo del pueblo. Todo un placer.
Sombreros de pescador y la actitud de lobo marino. Tipos que disfrutan del ambiente marino 20 días al año pero que a tenor de lo visto en sus atuendos y formas de interpretar el sentido de los vientos, parece que han vivido toda la vida pegado a un muelle.
Ambiente relajado, popular, consumista y divertido para unas horas de evasión que son un mordisco feroz a la rutina productiva.

lunes, mayo 15, 2006


El espacio que yo anhelo no tiene nada que ver con cualquier manifestación de la arquitectura moderna.
Es un lugar sin techos ni paredes, sin suelos de tarimas flotantes ni muebles de diseño. Ese espacio lo imagino enorme, sobredimensionado, sin líneas que limiten el horizonte. Blanco, luminoso, desierto deshabitado, apacible. Un espacio reflexivo en el que las palabras que grite se transformen en las palabras que realmente pensé y no supe elegir. Espacios sin control en el tiempo, donde una buena intención dure una eternidad y una jornada laboral se desarrolle en décimas de segundo.
Sé que existe este espacio. A veces he notado su presencia cerca de mí. Estoy seguro de que estando alerta a cualquier estímulo de valor, puedo llegar a habitar al menos temporalmente en ese territorio.

domingo, mayo 14, 2006


Cada cierto tiempo me veo obligado a hacer limpieza y reordenación de fondos en mi estudio. Para mi supone un trastorno absoluto. Siempre acabo diciendo que estaba mejor todo antes del seismo de fregonas y limpiacristales.

Lo que me interesa de este hecho, no muy diferente al que sucede en cualquier casa, es la oportunidad que tengo de reencontrarme con mi pasado a través de fotos perdidas, facturas antiguas, cartas de seudoamor y dibujos de una época indecisa, creativa y cargada de actividad.

En estos duros tiempos de crianza a veces uno pierde el rumbo. Te levantas por las mañanas hostigado por el despertador y cuando te acercas al espejo te quedas preguntándote quién es ese tipo calvo y enorme que ha pasado la noche con tu familia. Debe ser algún familiar de mi mujer, te respondes con total naturalidad. Le das los buenos días, te lavas los dientes y comienzas el tour.

La ocasión de poder observar quien fuiste no hace mucho y la inevitable y odiosa comparación con la actualidad supone un enfrentamiento directo del que no siempre se sale ganando.

He llegado a la conclusión que mi energía como la del cuento ese que se dice por ahí, no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Se ha transformado en dos pequeños proyectos de humanos energéticos y encantadores que constituyen la meta a corto, medio y largo plazo.
Pero claro, todo puede ser compatible y llevadero. Volviendo a comparativas científicas no quiero que este planteamiento se parezca a aquella teoría de los vasos comunicantes y cuanto más crezcan y ganen esplendor más hundido me vea yo. De eso nada. Si de algo sirve almacenar compulsivamente todo tipo de recortes y fotos es para que, llegado el momento me pueda remitir a ellos y sacar pecho ante el inexorable devenir del tiempo.

Ya no podré dejarme tupé como Elvis pero siempre me quedará la coleta.

miércoles, mayo 10, 2006


La chica del pelo rojo da vueltas alrededor de la caja registradora en un pequeño negocio del centro comercial (templo). Vende artículos de plata y sólo cuenta con 2 metros cuadrados para moverse. La caja está en el centro. Cuatro vitrinas donde se muestran anillos, collares y pendientes acotan el espacio y confieren a este sitio un carácter de peepshow que estimula mis deseos primaverales y provoca que al final acabe comprando unos pendientes. Los pendientes en mi bolsillo y mis diez euros en su caja. Parece que quien pensó esta fórmula comercial no andaba muy descaminado y la máquina de hacer dinero mantiene engrasados sus ejes.

Un tipo siega malas hierbas en un espacio perdido y estéril de un polígono industrial en el fin del mundo. Parece más una tarea de castigo. El castigo de saber que tu esfuerzo no tienen ni tan siquiera la finalidad de enriquecer a otro, como suele pasar. El tipo parece tomarse en serio su trabajo. Su profesionalidad es envidiable y me quedo fijo observando sus movimientos. La próxima primavera será otro tipo quien arranque hierbas a golpe de lomo.
Las malas hierbas no escarmientan.

El viajante que pisa el cráneo de su motivo atesora en su poder la fuerza absoluta del que se sabe insignificante. El deseo de descubrir la verdadera razón de su misión le hace sentirse alerta a cualquier intervención exterior. Yo por mi parte prefiero disfrutar de su valor a través del recuerdo. El futuro es una invención.

lunes, mayo 08, 2006


Disfruta comiendo. Ahora puedes mantenerte sana y joven con la dieta de los 7 días.
Presume de un pelo bonito. Los mejores acondicionadores del mercado.
Vida en pareja. Mantén el pulso de tu vida sexual.
Niños; es tu hijo hiperactivo?.

Cuando estoy en el campo me apasiona ver las revistas femeninas de mi cuñada. No sufro desconcierto sexual (creo) ni arrebatos onanistas cimentados en las peieles tostadas de las bellas criaturas de las páginas interiores.
Me gustan porque me hacen sentir bien.
En estas revistas, orientadas a la mujer “de hoy día” la vida se muestra ordenada y seccionada. Para un tipo como yo que ha descubierto hace poco los placeres de cumplir con su propio cuerpo, aplicando cremas y tratamientos cutáneos antiestrés , estas publicaciones se muestran ante mis ojos como una verdadera biblia.

Pensar que mis glúteos se volverán firmes siguiendo las ilustraciones de una señorita subiendo y bajando (step) un pequeño banco me hace sentir con el poder en mis manos (en mi culo en este caso). Una impertinente voz interior me recuerda con aires de superioridad que si no tengo el culo duro es porque no quiero. Las instrucciones son claras. Sólo hay que seguirlas y automáticamente tendrás el trasero firme como un cenicero de alabastro. A mi voz interior parece que se le pasa el dato de que para llegar a esos resultados hay que subir y bajar el banquito dos millones trescientas cincuenta mil veces. Para hacerlo, tendría que abandonar mi actual profesión y dedicarme sólo a subir y bajar banquitos. Estoy pensando en la posibilidad.
Me fascina la sección de trucos y consejos.
Cuando estos trucos son para el hogar, su utilidad se hace extrema pero cuando se refieren a cuestiones psicológicas y de relaciones de pareja los consejos son para guardarlos en la mesita de noche, como hacía en mi desconcertante vida adolescente en la que guardaba un Nuevo Testamento junto a mi cama. Seguramente, no lo recuerdo, esperaba que la fe se filtrara en el silencio de la noche y llegara a mi de la manera más mística. Si lo hizo ni me enteré.

Con una de estas revistas en mis manos soy un tipo indestructible. Tengo la respuesta para cada problema en su interior y pienso que solucionarlos no es más que seguir unas pautas.
Así nos va.

lunes, mayo 01, 2006


Cuando la policía entró en la casa encontró una montaña de cartas amontonadas en la entrada. El olor era agrio y denso. Al fondo del pasillo parecía oírse un rumor. El agente atravesó el pasillo lentamente como si supiese a ciencia cierta el horror con el que iba a toparse segundos después. En la habitación del fondo una televisión encendida y un esqueleto vestido frente a ella en posición relajada. Un esqueleto putrefacto concentrado frente aquella vieja televisión. Era el cadáver de la mujer a la que la compañía eléctrica reclamaba el pago con recargo de dos años.
La mujer murió por causas naturales. Una indisposición repentina cuando se disponía a ver su programa favorito, seguramente un concurso de esos que te hace soñar con vidas acomodadas, y un infarto certero, hicieron de aquel instante cotidiano un hecho dramático.
Nadie se dio cuenta de nada. Nadie se preocupó en los siguientes dos años de saber por qué a la señora de la casa 6 el césped le crecía más que a nadie. La profunda soledad que embargó aquella húmeda casa se vio acentuada tetricamente por un hedor que con el paso de los días se hacía más agudo. Un olor a muerte que sólo pudieron percibir sus objetos, los mismos que la acompañaban diariamente en sus idas y venidas por esos pasillos.
Vivir aislado para algunos es el mayor castigo. Para otros una necesidad. Sin embargo casi todo el mundo sabe que lo peor es morir en soledad, sin nadie que consuele esos momentos seguros en los que te das cuenta de todo aquello que has dejado escapar y que ya, al filo del acantilado, no hay posibilidad de recuperar.

La señora de la casa 6 posiblemente no tuvo ese instante de fatal lucidez. La muerte la sorprendió. Su soledad fue post mortem. Un cadáver sin la intimidad que cualquier cadáver reclama para ser conducido al pasado. A nadie le gusta que lo vean recién levantado. Tampoco recién muerto y mucho menos recién descompuesto.

Eso que llaman muerte digna en este suceso no tuvo sitio. La muerte siempre es indigna.
Vivimos buscando la mayor dignidad pero morimos siempre de la peor manera. Perdiendo la vida. El hecho de perderla supone una falta de intención, un acto fortuito, un hecho inevitable que hace que la mayor parte de nuestro pasado deje de tener la más mínima importancia porque el sujeto que generaba esa energía ya no existe.

Ahora la señora de la casa 6 para nosotros ha obtenido un protagonismo que ya lo hubiese querido estando viva. Si hubiese imaginado su lamentable final estoy seguro de que se hubiera conformado al menos con una llamada de compromiso de los vecinos de al lado. Esos que sólo la buscaban para que cuidase de su perrito cuando salían de fin de semana.

Entre aquellas cartas acumuladas en el recibidor seguro que habría alguna de algún centro comercial felicitándola por su aniversario. Así vivimos y así morimos. De cómo nos reproducimos hablaremos más adelante.

sábado, abril 15, 2006


En el transcurso de vuelta a la actividad he podido constatar que todos necesitamos de otras historias que nos aseguren el buen camino, que nos sirvan de espejo previsor de lo que nos espera, o simplemente faciliten ese momento de calma en el que nos aprieta el deseo morbido de introducirnos en las vidas de otros generalmente más desesperados que nosotros (eso es lo que creemos) y rastrear en sus desperdicios buscando la prueba del delito.
Casi todos los deshechos suelen contener los mismos conservantes y apestan de forma homogénea. Esto no lo sé por haber destripado bolsas de basura en diferentes emplazamientos. Lo sé porque las he olido. Toda la basura apesta de la misma manera indiferentemente de que contenga restos de caviar iraní o latas podridas de sardinas con tomate. De esto se desprende la conclusión definitiva. Todos comemos la misma mierda. Y eso, marca el carácter.
Hay mañanas en las que salgo de casa con cara de tostada de pan precocido. Aparentemente limpio, bien vestido, buen olor y derecho como un clavo. Cuando pasan dos minutos (a veces no llego ni al portal) me empiezo a encorvar, me vuelvo flácido, la colonia me huele a perro muerto y lo único que deseo es que me parta un rayo. El sentido lógico que impera en mí me advierte de que la causa de esta recaída se encuentra en el trabajo que tengo, el sitio en el que lo desarrollo y las relaciones que mantengo. En definitiva, me interesa más dar media vuelta y hacer como el que no sabe nada y meterme en la cama de nuevo (algún día lo haré, me lo he prometido). Sin embargo yo hago caso omiso a la lógica y me invento el culpable. La culpa de todo la tiene esa tostada asquerosa de pan manido que me acabo de tirar por encima sin poder ni tan siquiera masticar. Esa es la culpable y no la actividad creativa y trascendente que realizo con el único fin de colaborar con el buen desarrollo de la humanidad.
Si fuese tan bueno escribiendo como inventando falsas excusas autocomplacientes hoy tendría un premio Nóbel sobre mis espaldas y mis seguidores no me dejarían pasear los domingos por los centros comerciales –para Antonia con cariño-.
El alimento definitivamente es el culpable de todos nuestros males. Una sociedad obesa y compulsiva en el consumo como la nuestra, utiliza el producto alimenticio atendiendo a su sabor y no a sus propiedades nutritivas. No importa que los productos infantiles contengan esos azúcares que las propias marcas rechazan, lo que importa es que sepan bien, que sean dulces y que adhieran al prehombre a la liga de adictos al buen sabor. A partir de ese momento el camino se hará más fácil.
Qué sería de esos whoppers si el pan fuera integral (de verdad), la carne libre de fécula y no existieran las garrafas de ketchup de 5 kilos.
Es cierto que comer bien no garantiza una mayor longevidad. Dicen los expertos que si repercute en una mayor calidad de vida. Sin embargo cierro los ojos y no me imagino llegando a casa con la ansiedad desmedida y atiborrándome de lechuga iceberg como un periquito. Me resulta más fácil digerir el trago con un vaso de helado de medio litro. Además es una imagen más cinematográfica. Mucho más recurrente.
Empezaré a comer mejor. Mucho mejor. Equilibraré mi dieta. Equilibraré mi mente. Cuando todo esté equilibrado como en un anuncio de cereales de esos que te tienen todo el día en el cuarto de baño, me resultará más sencillo darme cuenta de qué es lo que me impide respirar tranquilo porque ya no habrán tostadas manidas sobre las que cargar las culpas.
Prepárate mundo.
Se abre de nuevo el kiosco tras este breve pero intenso paréntesis reflexivo. Esperamos noticias del otro mundo.
La dirección.